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Francia
Escribe: Visigodo
Francia conjuga su unidad en una extraordinaria diversidad de paisajes, de climas y tradiciones y ofrece a los visitantes curiosos todas las formas de turismo.
Francia
Francia — martes, 22 de julio de 2003
Francia se compone de infinidad de paisajes y climas, el arte de vivir es común a todos ellos. De norte a sur, el país disfruta de una situación ideal en una zona temperada que desciende tranquilamente de las brumas del mar del Norte al suave sol del Mediterráneo, regalándose incluso alguna escapada hacia las islas lejanas del hemisferio sur.
Cada región de Francia se descubre en su momento. La hospitalidad es un estilo de vida común, la amabilidad una manera de ser, la amistad una riqueza no negociable. Y aunque los franceses tienen fama -¿merecida?- de no entender de geografía y de tener poca facilidad para las lenguas extranjeras, no se conoce ningún caso en que se haya excluido al viajero o simplemente se le haya dejado de lado.
Tres de sus lados están bordeados por el mar y el océano, así que Francia es tierra de acogida para todos aquellos aventureros que han salido en busca de horizontes nuevos. Protegida como lo está por otros dos lados por los Alpes y los Pirineos, también sabe apreciar la rudeza de las montañas y la suavidad de los valles. Pero si contorneáramos Francia siguiendo sus fronteras, no sabríamos nada de los franceses: Anjou, la región del poeta renacentista Joachim du Bellay, la Borgoña de la escritora Colette, la Provenza de Jean Giono, la Turena de Balzac o la Normandía de Maupassant, son pedazos de Francia ricos en historia y tradiciones, que el sentimiento nacional, muy antiguo por cierto, no ha querido desplazar. Los vikingos en las costas normandas, los ingleses en el ducado de Aquitania, griegos y romanos en Marsella la focense, sardos y napolitanos en la costa oriental de Córcega no cambiaron nada.
Y luego recorremos veinte kilómetros y nos encontramos en el corazón de la Camarga, con esas arenas donde sólo brota el oscuro salicor, sus estanques solitarios a los que acuden pájaros y flamencos rosa, sus pantanos que únicamente aceptan a los toros y caballos salvajes... Hemos pasado a otro mundo, apenas sin darnos cuenta, del ambiente festivo a la naturaleza más sincera y más frágil. Y hemos entrado en un reino animal que aquellos que no saben escuchar consideran siempre silencioso.
De la misma manera, al norte de Lyón, pasaremos tan rápida como imperceptiblemente de la famosa Pérouges -ciudad medieval fortificada, conservada excepcionalmente y por ello muy requerida por el cine-, a la belleza salvaje de los estanques de la región de Dombes, que imaginamos con gusto dedicada a los cazadores del alba y cuya tierra parece inhóspita a todos a los que no les basta la quietud de la naturaleza. Y lo mismo ocurrirá con la marisma de Poitou, la isla de los Pájaros de la cuenca de Arcachon o los pozos del parque de los Volcanes, cerca de Clermont-Ferrand. Cada vez descubriremos algo único, aún más admirable por ser casi siempre inesperado y estar espléndidamente conservado.
No menos excepcional es esta posibilidad omnipresente de cambiar de actividad: en Córcega se puede esquiar por la mañana en Asco y hacer submarinismo por la tarde en la costa de Calvi; lo mismo ocurre en la Costa Azul donde se pasa rápidamente de las pistas de esquí de Valberg o Isola 2000 a las grutas submarinas del Cabo de Antibes. Desde Burdeos se va en invierno de fin de semana a esquiar a las estaciones de los Pirineos, y los domingos de verano a las regatas en el golfo de Gascoña. Desde Lille a la bahía del río Somme, mientras que los parisinos disfrutan del mar en Normandía.
Pero Francia no sólo es rica en paisajes: patria de arte y cultura, conserva escrupulosamente innumerables monumentos que han jalonado la historia, y posee un número incalculable de museos que rinden homenaje a obras maestras o muestran sencillamente la vida del pasado, tradiciones y oficios perdidos.
En París, las colas se miden a veces en cientos de metros, cuando se trata de ir a ver cuadros o esculturas que se exponen excepcionalmente. Pero muchos pueblos se enorgullecen de sus centros de exposiciones que ofrecen al público todo aquello que un aficionado -en la mayoría de los casos anónimo- ha recopilado sobre tal o tal tema que le apasionaba. Así nació el museo del vino y de la tonelería en Chinon (en el departamento de Indre-et-Loire), otros consagrados a la cristalería (en Sauvigny, en el departamento de Allier), a la porcelana (en Moustiers-Sainte-Marie, en el departamento de Alpes-de-Haute-Provence), e incluso a los trenecillos eléctricos (en Arpaillargues, en el departamento de Gard).
Más ambiciosos, complejos como el Conservatorio internacional de barcos de recreo (en Burdeos, agrupa a flote, en una antigua base de submarinos, barcos de vela o motor que han marcado un hito en la historia de los deportes náuticos), el Centro Internacional del Automóvil de Pantin (situado a las afueras de París y cuya colección permanente cuenta con algunas de las más hermosas piezas de todos los tiempos), o el Museo del Aire de Le Bourget, son etapas obligadas y con reconocido prestigio en el mundo entero. Con sol o con lluvia, la incansable imaginación del hombre siempre encontrará algo que aprender, admirar o pensar.
Pero Francia se puede conocer de múltiples maneras. Por mar nos toparemos con puertos increíblemente variados. Del Honfleur normando al vasco Saint-Jean-de Luz o Porquerolles, esa isla mediterránea, discreta o mundana según la estación y el humor de los días. A través de canales y ríos, la vida discurre a otro ritmo. Al de las esclusas y camineros.
Al ir en bicicleta a hacer las compras a la aldea más cercana, degustaremos inolvidables momentos costumbristas en pueblecitos desconocidos de las regiones del Languedoc o del Nivernais. Los que se decidan a tomar las pequeñas carreteras de la comarca de Lemosín se deleitarán descubriendo, de uno y otro lado, aquí una capilla, más allá un castillo anclado en el tiempo, o bien un restaurante plebiscitado por los gastrónomos locales. Los más deportistas recorrerán Córcega haciendo senderismo, descubrirán Auvernia a caballo, tomarán las rutas trashumantes de Provenza, o harán a pie una peregrinación de iglesias bretonas.
Ilustran esta diversidad de sus regiones y de la perennidad de la Historia, los miles de monumentos que surcan el país. Imponentes catedrales (París, Chartres, Reims, entre otras), los castillos del Loira y de la región Ile-de-France (Versalles, Vaux-le-Vicomte, Fontainebleau), bastidas gasconas y prioratos alpinos, abadías que bordean el camino de Santiago, cautivadores y candorosos museos o altivas casas solariegas convertidas en confortables hospederías, Francia tiene tantos encantos que ni los franceses los conocen todos.
De la ciudadela de Saint-Malo a la Petite France (el barrio antiguo de Estrasburgo), de la Biarritz estival a la pulposa Dijon, de las torres de la Rochelle a los canales de Annecy, las ciudades son increíblemente diferentes, pero todas ellas han sabido, con el transcurso de los siglos, conservar sus encantos y sacarles partido. Así como esos pueblos que, de Centuri (Córcega) y Saint-Cirq-Lapopie (Lot) a Roussillon (Vancluse) o Saint-Paul-de-Vence (Alpes-Maritimes), supieron poco a poco hacerse un nombre en la oferta turística sin renegar, no obstante, ni de su historia ni de su estilo de vida cotidiano.
París sigue siendo indiscutiblemente la gran capital, con los monumentos más bellos, los más interesantes museos, la historia más rica y la fama más halagadora. Puesto que así lo descubrimos en los libros, podríamos pensar que todo esto se conjuga en pasado. Nada más falso. Ya se trate de pintura, de literatura, de teatro o de música, de jazz o de foto, París sigue siendo capital. Numerosos artistas, procedentes de todas partes del mundo, la han elegido porque París es, hoy más que nunca, un fantástico crisol que hace surgir las modas, inspira a poetas y escritores.
París, tal vez aún más que el resto de Francia, tiene un gran espíritu festivo: cabarets, discotecas, salas de fiesta, sencillos cafés o restaurantes de lujo, la Opera Garnier y la Comédie-Française, todo parece animarnos a disfrutar y compartir momentos de diversión. En París no se es extranjero por mucho tiempo. Por poco que se muestre uno atento y curioso, siempre encontrará a un interlocutor que le dé la clave para descubrir un nuevo aspecto de esta capital mil veces más humana de lo que parece a primera vista. No nos equivoquemos: la ciudad es demasiado amplia, demasiado variada y demasiado versátil como para que exista una llave que abra todas las puertas. Pero poco a poco, a medida que vamos conociendo a nuevas personas, iremos accediendo también a una ciudad impalpable, anclada en la historia y propulsada hacia el futuro.
Además de las playas soleadas de la Costa Azul, las cumbres nevadas de los Alpes, los castillos del Loira, el fastuoso Versalles y París, cuya fama ha franqueado todas las fronteras, Francia cuenta con muchas otras riquezas que a veces incluso los franceses desconocen.
La playa ya no es suficiente. Ahora que todo sucede a un ritmo vertiginoso, nos gusta detenernos a escuchar el sonido de nuestros propios pasos, los cascos de un caballo, el gorgoteo del agua o el soplo del viento. En Francia hay mil formas de apartarse de los caminos trillados.
Bastan hoy unas horas para volar de un continente a otro. Y sin embargo, hoy más que nunca, deseamos apropiarnos del tiempo que se nos escapa. La variedad de los paisajes franceses se presta a estas nuevas aspiraciones. A escuchar resonar nuestros pasos bajo las copas de los árboles, escalar montañas, cabalgar por caminos desconocidos o deslizarnos por aguas de ríos sorprendentes. La Francia profunda se degusta a sorbitos como un vino de la tierra o una confidencia. Es el tributo de la sorpresa. Un precio bastante razonable.
Así se darán a conocer la afectuosa hospitalidad del Norte y sus largas playas donde el viento empuja los carros de vela, el Oeste entre el océano Atlántico y el campo, y a lo largo de 400 km de ríos, la magia de las albuferas de Sologne y de los castillos del Loira, los pinos de la región del Jura y los vinos dorados de Alsacia, la llamada de los bosques del Bajo Rin y de los volcanes del Macizo central, las pequeñas queserías de Cantal, los senderos y granjas de Corrèze, los vinos de Burdeos y la flamante cocina del Périgord, las iglesias románicas y los castillos encaramados en las pendientes de Ardèche...
Claro que la imagen del mar bañado por el sol sigue imponiéndose en la imaginación de la mayoría, pero broncearse en la playa no basta. Para quien no le guste la vela o el surf, existen kilómetros de senderos detrás de las dunas para pasear al abrigo de la muchedumbre, y pescadores que les embarcarán en didácticas escapadas marinas. Ahora es posible subir a bordo de antiguas barcas rumbo a la isla de Natz o de Douarnenez, en Bretaña. Pruebe también el submarinismo, apartándose del rumor de las playas, en los fondos marinos de Porquerolles o de Córcega. Sin duda no hemos agotado el atractivo de las sensaciones náuticas y balnearias. Y mejor que así sea.
Tampoco se verán defraudados aquellos que se adentren hacia el interior del país, menos oneroso y con placeres más serenos. Lejos de las tempestades y de las playas saturadas, Francia respira y le está esperando. Las vacaciones en el campo atraen cada vez más a los habitantes de la gran ciudad, sedientos de aire puro, tranquilidad y autenticidad. Los animadores locales han comprendido el sentido profundo de eso que llamamos "turismo verde", y lo expresan en interesantes y originales propuestas.
Para familiarizarse con el país y sus habitantes, no hay mejor manera que ir a pie, en bicicleta o a caballo, incluso a bordo de un barco surcando los ríos. Aquí tenemos al fin la verdadera vida, la paz y el tiempo recobrado: el frescor de la brisa que acaricia la mejilla, o el leve movimiento de la barcaza provocado por una ligera presión de la mano en el agua. Cerca de 30.000 km de senderos muy bien balizados se ponen a sus pies, o a sus ruedas. Podrá disfrutar de los aromas del avellano y de plantas silvestres, a pie, en mountain bicke o a caballo (Francia es un país de gran tradición ecuestre y, así pues, le permite cabalgar por todas partes del mar a la montaña, con Camarga como tierra predilecta).
La Federación francesa de senderismo publica el trazado detallado de senderos que, no nos alarmemos, están punteados de agradables escalas. Todos los albergues de fin de etapa y otros puntos de avituallamiento están mencionados en la Guide des randonneurs editada por la Federación francesa de senderismo.
La montaña tiene durante el verano atractivos para todo el mundo en un ambiente de aromas florales y frutos silvestres. Serpentear por los senderos de montaña en Saboya, el Jura o los Vosgos, los grandes espacios de los Alpes para sorprender gamuzas, cabras montesas o simplemente marmotas entre las gencianas.
La tierra, el agua, el cielo... Poco pensamos en esta Francia vista desde el cielo. En las nubes, en el habitáculo bañado de luz de un planeador cual pasajeros del viento. Sólo se oye el silbido del fuselaje para apreciar desde arriba la geometría de los campos, los finos hilitos de agua... El clima y las condiciones atmosféricas se prestan a vuelos de sorprendente belleza. Es posible realizar el vuelo libre -ala delta y parapente- en unos 400 puntos del país, en los Alpes y también en los macizos del Jura, los Vosgos y los Pirineos.
También se visita el país en profundidad: 10.000 grutas y cavernas se ofrecen a la mirada de los aficionados o de sagaces espeólogos. La Pierre Saint Martin en los Pirineos, las gargantas del Verdon, las calas del Sudeste, la sima Berger en el sorprendente paisaje de western del Vercors, o los pozos naturales de las pedregosas Causses cuando el sol abrasa en el exterior y dentro se está tan fresquito...
Finalmente el agua. Sin la cual las vacaciones no serían del todo vacaciones. El agua está en todas partes, rodando por las rocas del Aveyron para los amantes del rafting, del Aude o del Ardèche: 500 recorridos de ríos más o menos turbulentos y una veintena de macizos dispuestos a ir, con monitores bien curtidos, a la conquista de los torrentes de los Alpes, de los Cévennes o de los Pirineos.
Pero el agua también puede hacerse suave y acariciadora en el turismo fluvial. Sin necesidad de permiso, la vía es libre y segura, y la navegación accesible a todos, para vivir al ritmo de la corriente. Francia cuenta con 8.500 km de canales y ríos dispuestos a ofrecernos evasión, y al acostar en sus riberas, para pasear o contemplar una antigua morada, o bien en los muelles de pueblos y ciudades, verdaderas paradas portuarias para chalanas-hotel, que les llevarán a descubrir Francia a 6 kilómetros por hora... ¡el tiempo recobrado!
Para más información
Federación nacional de Oficinas de turismo. Tel: (33-1) 40 59 43 82.
Federación francesa:
# de senderismo.
Tel: (33-1) 45 45 31 02
# de cicloturismo.
Tel: (33-1) 44 16 88 88
# de equitación.
Tel: (33-1) 40 77 86 00
# de vuelo sin motor.
Tel: (33) 16 93 88 62 89
# de rafting.
Tel: (33-1) 45 11 08 50
# de montaña y escalada.
Tel: (33-1) 41 08 00 00.
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publicado el 21 de octubre a las 16.17 |
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